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Permanecer

hace 10 minutos
3 min de lectura

No me gustan las funerarias ni los funerales. Tampoco ir a los sepelios, pero me gustan los cementerios y su aire misterioso y con tantas historias sin contar. Los finales y todos los secretos que guarda. A pesar de esto, me encanta escribir sobre la muerte y ese mítico viaje en el camino hacia la luz al final de él. Lo que nos espera allá y la gente con la que nos reuniremos otra vez. Las posibilidades que pueda traer.


Llevo varias semanas pensando en lo injusta que es la muerte. Ese ataque salvaje repentino que nos sacude y nos deja sin aliento a mitad del día y tener que continuar como si nada hubiera pasado. Cuando todo ha cambiado sin remedio.


Cuando nos sacude y nos recuerda lo pequeños que somos en realidad y lo insignificante que todo es comparado con ella. Lo desastrosa que puede ser y a la vez, ser el ente de libertad que tantos puedan necesitar. Difícil y compleja, como la vida misma.


Hay muertes que me han tocado de cerca y muchos años después continúo pensando que fueron injustas y a destiempo. Tal vez porque aún me hacen falta, los extraños y quisiera que estuvieran aún acá con nosotros.


Hubo un tiempo en el que pensaba en mi muerte constantemente. No por morbo o locura, sino porque los tratamientos no funcionaban y pensé que tendría que hacerme la idea de que morir era una posibilidad. Pero eso era diferente. Porque era mi muerte. El miedo era distinto.


El miedo no era tanto por morir, era por lo que se quedaba acá. La familia, la gente, las cosas incompletas. Todo lo que me faltó por hacer. Me preocupaba más por dejar todo listo y sin cabos por atar que lo que representaba realmente. Me aterraba la idea de dejar algo sin hacer y que Mami o mis amigos tuvieran que solucionarlo.


A veces esos días de mi vida se me hacen tan lejanos que se me olvida que pasaron. Que los viví.


Ayer escuché al padre hablar en una misa sobre la vida y el amor y la paz; que se da al mundo y el hecho de hacerlo sin esperar nada a cambio. Sus palabras resonaron conmigo durante todo el día y sé que lo harán por mucho tiempo.


Soy de las que firmemente cree en el poder de dar de lo que se tiene y compartir las vivencias y el conocimiento. De compartir lo mejor de uno y repartirlo para que viva en los demás y en rincones del mundo más allá de nuestro espacio físico.


Pero a veces es difícil y complicado. No por uno, pero por el prójimo. Las misiones de vida o el llamado cae en los huecos de corazones y vidas vacías y sin propósitos. Aún así hay que continuar repartiendo de lo que queremos ver en el mundo y en nuestro alrededor. De lo que queremos construir y para que permanezca más allá de la vida. Más allá del hoy.


He aprendido que vivir intensamente es tan diferente para todos. Igual de importante e igual de necesario. He aprendido a juzgar menos las vidas que viven diferente a mí.


A veces se me hace injusto que la gente mala siga caminando en este mundo mientras nos tenemos que despedir de seres especiales y de

luz. Se me hace injusto que se apaguen vidas llenas de posibilidades y otras aquí permanezcan creando tinieblas en nuestro caminar.


Mientras eso sucede recuerdo las palabras del padre Robert y lo que dijo ayer y aunque no pueda plasmarlas aquí con la nitidez que las siento en mi mente y en mi corazón, solo recordarles (incluyéndome a mí) que la vida es muy corta y demasiado frágil como para vivirla sin amor, sin color y sin felicidad.


Que debemos continuar sembrando bien en la vida. A pesar de la gente, a pesar del ruido. Seguir buscando la felicidad y la libertad en definitivo, y compartirla cuando la encontremos.

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