Caídas
- hace 2 días
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Hace como 15 años me caí en un club en Las Vegas. Estábamos bailando, trago en mano… pasándola de show celebrando mi cumpleaños.
Brian, mi amigo, me dijo que venía ahora que me iba a soltar : “no te caigas”, me advirtió. Yo lo miré ofendida. ¿Caerme? Jamás.
Me soltó y caí directo al piso.
Creo que lloré.
Seguimos bailando. Riéndonos.
Rafa también estaba y lo único que hizo fue reírse. Estaba (y continúa) acostumbrado a mis tropiezos. No falla ni falta el: ¿Estás bien?.
Todavía, casi 15 años después, esos dos seres se mueren de la risa cuando se acuerdan de aquella noche en Las Vegas. Tenemos un chat (que ellos crearon) dedicado a compartir videos de “me acuerdo cuando mi amiga se cayó”… Hay que amarlos.
Yo me he caído un montón de veces. Pregúntele a Rafael que ha visto par de esas. Cuando trabajaba en ASJ me caí en todas las rampas. En mi salón y creo que hasta en el parking. No sé. Creo que fue un periodo de torpeza extrema que viví.
También era que tenía unos zapatos (espectaculares) que cada vez que me los ponía terminaba con el pié doblao’ y en el piso.
Un día, saliendo de la oficina de mi médico me caí… sí, tenía esos zapatos puestos. Volé. La laptop voló, las gafas y mi dignidad.
Estoy segura que ese día salí de los zapatos.
Me he dado algunas otras escocotás. Literales y simbólicas. Algunas más serias que otras. Unas más memorables que otras.
Llevo varios días pensando en una caída simbólica que tuve hace poco y cómo alteró la química de mi cerebro. Todo lo que había sanado volvió a estar con ese road rash que quema y arde y es un recordatorio constante de lo que duele. De lo que cuidé y luego derrumbé. O permití que derrumbaran. No sé, porque al final es lo mismo.
Si bien es cierto lo que dicen los cientos de dichos o refranes sobre caerse y saber levantarse. No es menos cierto que, en específicas ocasiones, esas caídas son más que necesarias. Son vitales. Hasta cierto modo transforman. Purifican. Hacen que hagamos un reset.
Aprendemos con el impacto. Con el cantazo. Más de lo que seguramente necesitaremos para el futuro.
Vamos agarrándole el juego a las vueltas de la vida, sus caídas y traspiés. A saber caer y, de vez en cuando, a aguantar el rasguño y la sangre. Una curita y a seguir.
Por peor que sea… siempre habrá alguien dispuesto a socorrerte. Aunque te regañe. Aunque se ría un ratito. Aunque te diga: “te dije que te iba a soltar.”
Respiramos. Hay más camino que caminar.
A veces nos toca quedarnos sentados en el piso un ratito. Recoger lo que se derrumbó. Descartar lo que ya no sirve. Organizar. Volver a empezar.
Aquella caída en Las Vegas ha sido, hasta ahora, la mejor. Nos ha dado años de risa y burla de la buena. Ojalá todas las caídas sean como esa. Sin dolores, sin sangre y sin cicatrices. Solo una risa perpetua y sin dolor y sin quejas.



