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Despedidas


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Hace unos días, estaba en las afueras del hospital en mi hora de almuerzo, buscando un poquito de sol y de calorcito. Me gusta ir a ver la luz del día. Siempre digo que es mi  momento de fotosíntesis; lejos de las luces artificiales y el frío; lejos de lo estéril.


Pero ese día no sabía que me iba a topar con una realidad que sucede todos los días en todos los hospitales. Algo de lo que nunca había sido testigo aquí: la reacción a la muerte. 


Una señora se ahogaba en llanto mientras le decía a alguien por teléfono que su familiar había fallecido. El llanto era desgarrador. No sé cómo describirlo. El dolor que salía de su alma me destruyó. Lo que se supone eran unos minutos al sol se convirtió en un recordatorio de lo frágil que es todo. Lo frágil que somos. Los sentimientos, la vida. El dolor ajeno. 


Todo es tan relativo y a veces hasta irreal. Me acerqué a ella, le di agua… Lloré su dolor. Luego, regresé a mi trabajo. El resto del día continuó su curso igual. Llamé a varios enfermeros, hablé con un doctor sobre un paciente. Se acabó el turno y me fui a mi casa. Pero a cada momento volvía a escuchar aquel llanto. A sentir aquel dolor. Pensaba en ella y en el resto de su familia. ¿Cómo estarán? 


“No sufrió, no sufrió” repetía ella a modo de consuelo. Yo pensaba "¿quién la consuela a ella?”Su acompañante se veía afectado, lento, sin saber cómo reaccionar. Tal vez, tratando de ser fuerte para ella, tal vez no sabía qué hacer. Porque, ¿cómo reaccionamos frente a una situación así? ¿Cómo se puede consolar a alguien si estás destruído? ¿Cómo nos piden que seamos fuertes cuando el alma nos llora? 


No me gustan los funerales ni las funerarias. No me gustan las despedidas. No me gusta tener que decir un adiós definitivo. Ni en la vida ni en la muerte. Es lo único en lo que soy egoísta. No me gusta el adiós.


A través de los años aprendemos a decir adiós de tantas formas y maneras. Le decimos adiós a tantas cosas, tantos lugares, tanta gente, a otras vidas. Yo aún no he entendido cómo hacer para que duela menos. No me es posible. Ese desprendimiento se me hace casi imposible de lograr. De poder alcanzar. 


Como en todo, yo sólo sé amar de una manera intensa y profunda. Todo lo hago con el alma. Nada a medias. Nada tibio. Nada frío.  Lo que hace las despedidas  más dolorosas. Porque con la misma intensidad y  profundidad se siente el dolor, el vacío, la nada. Ese abismo en medio del pecho que hace que te duela hasta respirar. Cuando nos duelen los ojos de tanto llorar. Así. 


No hay despedida que no encierre un profundo

dolor. Ninguna duele menos que otra. En las últimas semanas le hemos dicho adiós a varias personas cercanas y queridas. Muertes que duelen y que te recuerdan lo delicado del tiempo. De vivir. De sentir. De ser.


Hay otros tipos de muerte. Que encierran otros finales. Esas muertes también duelen porque no se puede arrastrar nada moribundo en esta vida. Ni el amor, ni la amistad, ni la ilusión. Ni la paciencia. Ni la espera. Mucho menos la esperanza.


Son muertes complicadas porque siguen vivos solo que en otro plano. En otro universo que se desconectó del tuyo. Las vidas se convierten en galaxias paralelas. Continuamos en la lejanía. 


¿Han visto la película Interstellar? Hay una frase en un diálogo que me encanta: I’m not afraid of death, I’m afraid of time. Del tiempo que esperamos, del que dejamos pasar. De ese tiempo que no pasa o que no llega. Del tiempo que no perdona y no espera. O aún peor, del tiempo que dejamos pasar esperando en la nada.  Es peor que la muerte. 


Nos toca entonces celebrar funerales sin cuerpo y sin muertes. Aunque extrañemos por toda la eternidad. Aunque extrañemos con la misma profundidad del universo. 


Si pudiera cambiar algo de mí, cambiaría sentir tanto y tan profundo. Vivir sin sentimientos intensos debe ser una bendición. Vivir ligero de equipaje. 


Amen mucho y bonito. Porque después no hay después.

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